Cristina Coroleu: del arte milenario del Sumi-e al activismo ambiental

La reconocida artista plástica repasa su historia ligada a las plantas nativas, la creación del Proyecto Samohú y la deriva de su maestría en pintura a la tinta japonesa en un testimonio urgente frente al cambio climático.

Cristina Coroleu. Foto: gentileza de Cristina Coroleu

Mi vida ha transcurrido siempre entre la aventura y la rigurosidad del aprendizaje, un camino en el que profundizo aún hoy desde mi arte. Nací en Córdoba (Argentina), en el seno de un hogar que encendió mi vocación: soy hija de un ingeniero agrónomo que me impartió su conocimiento y amor por la naturaleza, y de una educadora que me condujo por la senda del estudio, nos cuenta la artista plástica Cristina Coroleu.

Mi contacto con el arte floreció en la infancia al asistir a las primeras escuelas libres experimentales del país, un entorno que sembró en mí una sensibilidad única. Tras pasar por la Universidad de Córdoba, decidí expandir mis horizontes y estudié Artes Gráficas en Ámsterdam (Países Bajos), donde me recibí de diseñadora gráfica.

Fue en Europa donde mi fascinación por Vincent van Gogh y el universo del grabado Ukiyo-e despertó un profundo interés por Oriente. Esto me impulsó a iniciar, en los años ochenta, mi formación en la aguada japonesa en el Centro Argentino de Estudios Japoneses, en el que obtuve mi maestría en Sumi-e (pintura a la tinta).

Esa misma dirección hacia la naturaleza que atesoraba desde niña guio de forma natural mi pincel hacia la pintura de la flora sudamericana, plasmando de manera muy temprana —entre las décadas de 1980 y 1990— la Floración de Buenos Aires.

¿Qué te impulsó a enfocarte de manera tan profunda en la identidad de nuestras plantas nativas?

La vida, como un río, me ha conducido por un rumbo que combina la investigación rigurosa con el goce pleno de la naturaleza en flor. Desde hace más de cuarenta años, me dedico apasionadamente a las flores nativas argentinas, lo que me llevó, en 2007, a crear el Proyecto Samohú para la protección de la flora autóctona a través de la pintura.

Tras un viaje a Japón que hice al año siguiente, y siguiendo sus tradiciones ancestrales, comencé a organizar anualmente la celebración del Hanami Nativo para honrar el florecimiento de los árboles porteños.

¿Y cómo esa búsqueda personal se transformó en talleres y muestras compartidas?

Durante más de veinte años, compartí este saber dictando talleres en todo el país, realizando exposiciones colectivas con mis alumnos en el Jardín Botánico de Buenos Aires.

Esta dedicación me permitió representar a mi país en el Consulado Argentino de Nueva York en dos oportunidades: en 2012, con la serie de la Floración, y, en 2019, con una muestra simultánea entre Nueva York y Buenos Aires de kakemonos de jacarandás.

Ver flotar las flores azules en el papel de arroz desde la ventana del consulado, mientras en mi ciudad lejana los árboles reales comenzaban a abrirse, revistió para mí una emoción profunda de amor por mi tierra.

Tus últimos trabajos muestran un cambio fuerte, una mirada más preocupada por el entorno. ¿Hacia dónde se dirige tu obra en la actualidad?

Ese mismo proceso de conexión con la tierra me sitúa hoy, con aflicción, ante el futuro de un planeta casi al límite. En la última década, el estudio de los bosques se volvió protagónico en mi obra y mi vida, transformándome en conservacionista y activista del medio ambiente.

No he podido sustraerme al sufrimiento de los bosques ardiendo, y hacia ellos me dirigí para explorar dos realidades distintas: el Montseny catalán y el bosque quemado de Río Grande, en Tierra del Fuego.

Su pintura actual, realizada con carbones de lengas centenarias, es el testimonio urgente de un bosque que ya no está. Sus últimas muestras, presentadas entre 2024 y 2026, en la Galería Arcimboldo y en la Delegación de Cataluña, pertenecen a esta serie con la que busca transformar el dolor de la pérdida en memoria viva a través del arte.

Tres obras de Cristina Coroleu

Palo borracho (Serie de Palo Borracho en Movimiento, 2013). Acuarela sobre papel. 52 x 105 cm.

En esta serie sobre el samohú —nombre nativo del palo borracho—, la artista registra su transitar vertiginoso en contraste con la previsibilidad estacional de una década atrás. Dicha secuencia, que conforma la Paleta de la Ciudad de Buenos Aires ideada por Coroleu a fines del siglo pasado, se ve cada vez más alterada por las variables climáticas.

Piel de lenga (Serie Piel de Árbol, 2023). Carbón de lenga y tinta japonesa sobre papel. 35 x 100 cm.

En las dos últimas décadas, el trabajo con las flores se ha trasladado a los bosques y a su aflicción por el cambio climático. En el bosque quemado de Río Grande, Tierra del Fuego (Argentina), las tres incursiones que hizo dejaron esta huella en su pintura, la cual ha formado parte de sus últimas dos muestras: una dedicada a un bosque muerto en su mayor parte (Argentina) y la otra a un bosque vivo en Cataluña (España), ambos con trabajo de campo.

 Ginkgo biloba, 2013. Acuarela sobre papel. 50 x 66 cm.

La representación del ginkgo ha sido y es una constante en los trabajos de la artista. De hecho, detalla que ha pintado este árbol a través de todas las técnicas posibles, habiendo observado en Japón ejemplares extraordinarios con más de mil años de antigüedad.