Escuela Pampa Infinita: cómo diseñar un jardín

Las directoras de esta institución, Martina Barzi y Josefina Casares, comparten su técnica de creación de espacios verdes. Cuáles son las cinco etapas fundamentales que identifican.

Un fondo estructural de Pittosporum nana, los Acer palmatum son los actores principales. Foto: gentileza de Pampa Infinita

Cuando pensamos en diseñar un jardín, los temas que mayor curiosidad generan giran en torno a ¿qué plantas poner?, ¿dónde? y ¿cómo combinarlas? Así introducen el tema Martina Barzi y Josefina Casares, quienes, además de dirigir la escuela de paisajismo Pampa Infinita, fueron sus fundadoras.

En Pampa Infinita aplicamos un enfoque que hace a la esencia de la composición del jardín. Primero, pensamos en la función, en qué efecto necesita nuestro diseño en ese lugar, y después, buscamos la planta que puede realizarlo, explican.

El coro: las herbáceas. Entran en primavera y florecen todo el verano y el otoño. Es el acto dentro de un musical. Foto: gentileza de Pampa Infinita

Cómo diseñar un jardín: las cinco etapas clave del paisajismo

Una manera interesante de concebir el diseño de un jardín es pensarlo como la escenografía de un teatro. El escenario construye un universo propio donde se despliega la acción. En el jardín ocurre lo mismo: es un mundo diseñado para ser percibido de una manera específica.

Para leer un jardín, lo primordial radica en la coreografía de la mirada: ¿dónde se posa primero?, ¿después?, ¿definir qué es importante y qué es secundario? Si todos los actores hablaran al mismo tiempo, la obra no se entendería.

Primero. Construir el espacio escénico. Este constituye el campo perceptivo en el cual el jardín se despliega, donde los actores hablan, aparecen y desaparecen; y en el que los espectadores entramos, caminamos y disfrutamos del recorrido. Es el anteproyecto, la forma del vacío y de las masas, la forma del jardín.

Los árboles representan una parte fundamental para lograrlo. Nos aportan altura y escala, recortan el cielo para darle forma y ayudan a que el jardín cobre vida en tres dimensiones. Tienen un gran peso visual y una voz importante.

El telón de fondo: el Buxus sempervirens podado con Pittosporum nana en forma de nube. Foto: gentileza de Pampa Infinita

Segundo. Incorporar los actores principales. Se necesita una planta que llame la atención: las figuras principales de la obra. Son esenciales para la coreografía de la mirada porque nos guiarán a través del jardín. ¿Qué percibimos primero? Lo diferente.

Estas plantas deben poseer una forma distinta a todo lo demás para diferenciarse y captar la atención. Generalmente, muestran formas fuertes y arquitectónicas, como un buxus (Buxus sempervirens), un paspalum (Paspalum haumanii) o una palmera (Phoenix spp. o Butia spp.). Sin embargo, si todo el jardín estuviera lleno de gramíneas o de palmeras, estas dejarían de ser especiales.

Tercero. Definir el telón de fondo. Para que las figuras se destaquen, necesitan un fondo neutro: una masa vegetal floja y texturada sobre la que la esfera de buxus se diferencie, o un cerco oscuro que resalte las gramíneas flojas y luminosas. El fondo es la clave para que percibamos todas las cualidades de nuestras figuras.

Un telón de fondo realizado con colas de zorro (Cortaderia selloana) y pastizal, unos ceibos (Erythrina crista-galli) que se recortan y, en primer plano, unos cuadrados muy floridos como tema musical. Foto: gentileza de Pampa Infinita

Cuarto. Sumar las plantas estacionales. Cuando ya tenemos el escenario, el telón de fondo y los actores principales, se vuelve necesario incorporar actores secundarios, que aparezcan, interpreten su papel y desaparezcan.

Es el caso del arce japonés (Acer palmatum), en otoño, o de las coronas de novia (Spiraea cantoniensis), en primavera. Son plantas que entran en escena y anuncian el cambio de estación, el cual indica que el ritmo de la obra cambió.

Quinto. Integrar el coro o grupo de extras. Están allí para ofrecer color y movimiento; hacen su acto y le otorgan el tono a la obra. Son las plantas de gran floración, como las salvias (Salvia spp.), los rosales (Rosa spp.) y las gauras (Oenothera lindheimeri). Las tenemos de primavera a otoño para que se luzcan mientras brindan color y perfume. Una vez que llega el invierno, se retiran; y el ánimo del jardín cambia.

Josefina Casares y Martina Barzi. Foto: gentileza de Pampa Infinita

El director —el diseñador de jardines— es quien proyecta cada recorrido, cada sensación, cada mirada, las pausas y los silencios. Decide cuándo entra un actor (planta) en escena y cuándo se retira.

Piensa también las zonas de silencio: esas pausas que invitan a detenerse, observar y reflexionar. Es mediante las plantas como construimos esta obra de arte en la que podemos entrar y transitar, para verla desplegarse y cambiar a través de las estaciones y los años.